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Reputación digital: no te olvides de ella, ella no se olvidará de ti

Hay una sencilla pauta que ha venido funcionando desde tiempos inmemoriales: el estilo está en todas partes. Absolutamente todo lo que uno hace constituye, lo crea o no, un ejercicio de estilo. Una mirada decidida, un gesto al darnos la vuelta o la elección de una palabra y no de otra son, sin lugar a duda, manifestaciones de nuestro estilo, de nuestros modos, maneras o gustos.

Internet y las nuevas tecnologías han traído muchas novedades, dos de ellas especialmente relacionadas con el estilo, la imagen y la reputación. A saber: hoy tenemos un campo de actuación mucho más amplio y tenemos unas posibilidades de relación inimaginables hasta ahora.

Que nuestro campo de actuación sea hoy más amplio se debe, como todos sabemos bien, a que ahora tenemos más público —hoy nos juzga más gente—, más canales y medios —que representan más oportunidades, pero también más lugares donde uno se la está jugando— y a que nos es dado un tiempo mayor: scripta manent, así que, que nadie se crea que no, el tiempo también va a juzgarnos (ya hay ejemplos de contenidos que, de pronto, han sido lo más visto años después de haberse publicado).

Pero con internet y con las nuevas tecnologías también han crecido enormemente nuestras posibilidades de relación. Y esta es quizá la mejor arma de doble filo que hayamos ideado en años: ahora podemos darnos a conocer con más facilidad y rapidez, exactamente con la misma con la que podemos granjearnos enemistades.

Antes, si uno tenía un mal día y era grosero con el tendero de la esquina, lo peor que le podía pasar era verse obligado a disculparse ante una persona, el tendero. Si esto mismo sucede en algunas de las redes sociales actuales, uno puede acabar por tener que disculparte ante un gremio entero en cuestión de minutos e incluso puede que ese comentario le persiga durante años.

Pero ya no es solo que uno pueda tener un mal día; debemos ser conscientes de que, aun cuando nuestra intención sea la mejor, siempre corremos el riesgo de ser malinterpretados: ya sea porque hemos sido torpemente ambiguos, ya sea porque cuanto más público tengamos, más posibilidades hay de encontrarnos con ese alguien que es capaz de darle otra vuelta de tuerca a cualquier asunto. Baste recordar a este respecto el giro que dio la famosa campaña de publicidad en la que el Metro de Madrid alardeaba del reducido precio de su billete y lo mucho que dio de sí en las redes sociales.

Situaciones como estas y la gestión que hacemos de ellas son parte de nuestra imagen y de la reputación que inevitablemente lleva asociada. Si además tenemos cierto renombre, si somos conocidos en determinados ámbitos, si es fácil asociarnos con una marca o una empresa, el problema es todavía más importante, ya que nuestro estilo, o simplemente nuestra poca previsión, ponen en entredicho nuestra imagen y reputación tanto como la de la empresa en la que trabajamos.

Hoy más que nunca es necesario no bajar la guardia, no solo cuidar lo que decimos, sino también vigilar lo que otros dicen de nosotros. Opinar ha sido siempre muy fácil, pero en la red parece que lo es más todavía. Las personas hablan de nosotros, especialmente de nuestras marcas o compañías, mucho más de lo que creemos, y vale la pena emplear los escasos minutos que se tarda en configurar una alerta (puede hacerse desde el mismo Google en http://www.google.es/alerts) que nos avise cada vez que nos citen y poder monitorizar lo que dicen de nosotros. Configurar este tipo de avisos no va a evitar, desde luego, las críticas o las opiniones desfavorables, fundadas o no, a las que todos estamos expuestos en internet, pero nos brindará, por lo menos, la oportunidad de ser conscientes de ellas. Y esto es algo muy importante, pues lo que sí podemos hacer ante un conflicto es dar nuestra versión de los hechos.

Conviene no olvidar que una internet 2.0 significa una internet participativa, y toda participación, toda actuación lleva implícito un estilo. El estilo es la manera en que hacemos las cosas e inevitablemente queda en lo que hemos hecho, ayuda a configurarlo como un todo indisoluble. El estilo, recordemos, está en todas partes: en las fotografías que compartimos, en los retuits que hacemos, en el avatar que usamos, en el tiempo que tardamos en responder, en los amigos que tenemos y en nuestros «me gusta».

Nuestro estilo configura las cosas, pero nos dibuja igualmente a nosotros. Tomando nuestras constancias, regularidades y los patrones que repetimos en nuestros modos forjamos, sin darnos cuenta, una imagen digital que nos retrata y que es la que los demás tienen de nosotros. Escribía Carmen Martín Gaite en Ritmo lento que no hay nada que nos penalice tanto ante los demás como un fallo en nuestra coherencia. Explicaba que ver rota esa coherencia supone precisamente quebrar la imagen unitaria que los demás se hacen de nosotros y que, al cabo, es lo que somos para ellos.

Esto quiere decir, por ejemplo, que no es igual que un usuario que siempre es correcto y educado comience de pronto a gritar usando las mayúsculas, a que lo haga un usuario que ya desde su propio perfil tenga establecida una imagen irónica o burlesca. Del primero diremos que se ha vuelto loco, mientras que el segundo no está haciendo nada a lo que no nos tenga acostumbrados. Quiere decir también que conviene revisar la política de privacidad que tenemos en la configuración de nuestros perfiles en las redes sociales, no sea que, enlace tras enlace tras enlace, nuestro futuro jefe acabe por ver esa foto de aquella noche loca en la que un amigo nos etiquetó hace meses. Y quiere decir además que la coherencia (y con ella la reputación en línea) de, por ejemplo, una marca o una empresa debe mantenerse con independencia de las personas que estén implicadas en su gestión (no hará falta matizar que coherente no quiere decir que haya que ser siempre igual o resultar repetitivo: ser coherente quiere decir ser consecuente).

Creemos, por lo demás, que la mejor manera de ser consecuente, de resultar coherente, es ser honesto: es tremendamente más fácil actuar dos veces de la misma manera o dar dos veces el mismo tipo de respuesta si esa forma de actuar o esa respuesta es la que consideramos buena, acertada, o es en la que, de alguna manera, creemos. Siempre es más fácil ser coherente cuando se está siendo natural. Además, el estilo que se va construyendo así no solo resulta verosímil, sino que también es verdadero. Y lo verdadero siempre tiene más seguidores.

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