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La realidad virtual del microrrelato

El microrrelato es un género que ha estado presente en la literatura desde siempre. Si escudriñamos en la Biblia, por ejemplo, encontraríamos algunas historias breves que podrían encajar perfectamente en lo que se conoce como microrrelato. Lo reciente, en realidad, es la importancia que le han dado algunos teóricos y escritores a través de sus estudios y textos.

Para definirlo, considero adecuado citar a uno de los más juiciosos estudiosos del género, el español Fernando Valls, que escribió la siguiente definición en su blog La Nave de los Locos, en un artículo titulado «Mi biblioteca de microrrelatos», preparado para la revista El Ciervo, en España: «El microrrelato es un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia. Y no es, en cambio, un poema en prosa, ni un cuento, ni una fábula; aunque a veces se valga de alguna de las características de estos géneros literarios consolidados por la tradición».

Es un deber decir que el microrrelato ha ganado relevancia global gracias a internet, pero no es cierto que el género haya nacido en este medio, como muchos quieren creer. Lo que sí es incuestionable es que el género se ha masificado gracias a las facilidades que plantea la red y a la agilidad que buscan los lectores digitales.

Hoy en día es fácil encontrar centenares de blogs dedicados exclusivamente al microrrelato y a autores que publican periódicamente en sus bitácoras personales. La magia de internet, quizá, y a diferencia de la publicación en papel, es que la respuesta del lector es inmediata. Gracias a los comentarios, el autor recibe una retroalimentación casi instantánea del efecto que produce su texto en los lectores. Por otro lado, creo que el auge del microrrelato se debe también a las facilidades que plantean los concursos. La idea de enviar impresos en sobres los textos y los datos del autor está condenada al fracaso. Los concursos de microrrelatos entienden la coyuntura de la globalización y solo se necesita de un correo electrónico o de un formulario de envío para recibir los textos de los participantes. Del mismo modo, los jugosos premios que ofrecen algunos concursos contribuyen a la masificación de colaboradores, aunque eso no signifique siempre calidad literaria. Los más famosos, quizá, son el concurso del Museo de la Palabra, que premia con 7000 euros al ganador y el de Relatos en Cadena, de la Cadena SER, que otorga 6000 euros al mejor texto del año. En ninguno de los dos casos el texto puede superar las 100 palabras.

Facebook y Twitter hacen lo suyo. Muchos usamos estas plataformas para promocionar los contenidos. Lo que resulta más curioso es que, en ocasiones, las redes se convierten en las primeras fuentes de tráfico de los blogs, superadas por muy poco por Google. Este crecimiento exponencial es el que contribuye a la conexión entre autores, editores o lectores que tienen intereses similares. Por eso mismo, las redes sociales se convierten en los principales soportes de creación de comunidades afines al microrrelato. Para ver el crecimiento del género en la red, el caso de La Internacional Microcuentista, revista digital que codirijo al lado del argentino Martín Gardella y los españoles Víctor Lorenzo, Daniel Sánchez y Fernando Remitente, es un buen ejemplo. A menos de un año de creada, cuenta con casi 300 seguidores en Blogger, cerca de 700 seguidores en Twitter y, al ritmo que va, pronto llegará a los 1000 amigos en Facebook. La Internacional ha superado la barrera de las 152.000 visitas, casi 23.000 al mes, y con solo 471 tuits realizados, ya está ubicado en más de 60 listas en Twitter. Todo eso lo ha hecho la gente que ama el microrrelato.

En internet es posible encontrar de todo. Yo, personalmente, recomiendo especialmente los contenidos de tres blogs: La Nave de los Locos, de Fernando Valls; Microrréplicas de Andrés Neuman y Bertigo, de Eduardo Berti, porque conciben el microrrelato como algo serio y no como una actividad literaria pasajera. Del mismo modo, encuentro fascinantes a nuevos autores que nutren sus bitácoras con contenidos de excepcional calidad. Por nombrar solo algunos, El Dr. Frankenstein, supongo, de Jesús Esnaola; Previsiones meteorológicas de un cangrejo, de Agustín Martínez Valderrama y El elefante funambulista, de Gabriel Bevilaqua.

Hay otros muchos autores que publican con periodicidad y disciplina y creo que estos son los modelos que hay que seguir para posicionar al microrrelato como un género relevante dentro de la literatura, pero además, con todas las ventajas que le proporciona internet.

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