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Conclusiones del Seminario ‘El periodismo y el lenguaje políticamente correcto’ (1/2)

Te presentamos a continuación las conclusiones del VI Seminario Internacional de Lengua y Periodismo: «El periodismo y el lenguaje políticamente correcto», que se celebró en San Millán de la Cogolla (España) durante los días 28, 29 y 30 de septiembre del 2011.

Los lingüistas, periodistas y especialistas reunidos en el Seminario coincidieron en considerar que si las actitudes no cambian, da igual que cambie el lenguaje, aunque es cierto también que las modificaciones en el lenguaje dan pistas, ayudan a abrir el camino a cambios en el pensamiento, la actitud, la visión del mundo, que pueden llevar a la acción. En los conflictos bélicos, por ejemplo, el cambio léxico puede hacer que cambien las respuestas. En cuanto a la responsabilidad del periodista frente al lenguaje del poder y el lenguaje políticamente correcto, se centra fundamentalmente en la honestidad comunicativa.

Se recogen a continuación las principales ideas planteadas por los componentes de las diversas mesas de debate sobre los asuntos de los que trató cada una de ellas.

El lenguaje del poder

Para alcanzar o revalidar el poder político se utiliza un discurso en el que la palabra es directamente acción. En la sociedad de la información y la comunicación, el poder de los medios, que actúan también como grupos de presión, han ampliado el tiempo y el espacio públicos: parece que vivamos en una continua campaña electoral, lo que conduce al hartazgo de los ciudadanos y a la devaluación de la actividad política.

Punto relevante del lenguaje político actual es su carácter polémico, de confrontación: el objetivo es magnificar al emisor y descalificar al adversario; un rasgo característico de este discurso es la descortesía, la desconsideración, que no solo hace uso de los insultos, sino también de expresiones insinceras en las que la agresión se encubre con apariencias corteses. La prensa filtra y traduce los mensajes en un lenguaje asimismo agresivo: el debate es una batalla; no importan los argumentos, sino la confrontación con el adversario.

Otras características del lenguaje político son su carácter deformador y manipulador y su intención suasoria y agitativa: lo importante es emocionar y que la gente se sume a una ideología o a un líder.

Debe destacarse que el lenguaje del contrapoder, por ejemplo, el del 15M, utiliza a veces los mismos mecanismos que el de los políticos, como cuando emplea para aludir a los medios cuyas informaciones no le satisfacen la expresión terrorismo informativo.

Las situaciones de comunicación que se dan en los lenguajes de poder, en concreto en el discurso político, requieren siempre una doble lectura para poder descubrir sus mecanismos persuasivos, fundamentalmente el léxico y los aspectos pragmáticos. Se trata de un lenguaje sectorial con sus propias estrategias argumentativas, dialécticas, en el que el emisor sabe que debe adaptarse al auditorio; pero el receptor debe a su vez descifrar lo que se quiere decir y lo que se oculta, viendo cómo se dice.

La situación del discurso político se está modificando hoy gracias a internet: la democratización de la red es un reto para los poderes, que están viendo minadas sus bases de control por la globalización, la crisis, los nuevos medios y el cambio generacional: existe una crisis de credibilidad, de confianza y de liderazgo.

Los ciudadanos desconfían, quieren sentirse protagonistas, y ahora tienen mecanismos para hacerlo; el poder, mientras tanto, cambia a trompicones, le es cada vez más difícil anticiparse, ya no elige la agenda ni controla los tiempos, se enfrenta cada vez más a circunstancias imprevistas.

El ciudadano actual es multimediático, reacciona por emotividad ante lo que le produce impacto, adhesión o rechazo. El político, en cambio, sigue sin compartir, trata solo de persuadir: reduce a titulares el mensaje, no hay tiempo para matices, se trata de conquistar palabras y de quitárselas al contrario, hace del lenguaje una suma de frases efectistas, con pocos razonamientos y pocos actores.

Internet quiebra este ámbito y expande las iniciativas y los colectivos: el espacio en el que se bate hoy el poder son las redes sociales, y tendrá que adaptarse al nuevo lenguaje y a una nueva idea de la participación si quiere recuperar la credibilidad perdida.

Los ciudadanos ya no quieren oír palabras, quieren saber qué vas a hacer en concreto. El futuro no está en las palabras en sí, sino en la transparencia y en los hechos. Puede conquistar el poder quién haga ese ejercicio y traduzca su propuesta a otros términos.

Perversión del lenguaje

La crisis actual tiene mucho que ver con el lenguaje; podría hablarse de una crisis del lenguaje, que es fundamental para crear marcos de acuerdo con objeto de recuperar la soberanía popular, cada vez más indefinida.

Detrás de la perversión del lenguaje hay intereses económicos. Se han llevado técnicas del discurso publicitario, relativamente inocuo porque el receptor lo reconoce y lo contextualiza, a otros ámbitos, como, por ejemplo, el financiero, en el que departamentos de creativos se han dedicado a  inventar nombres falaces para los productos que nos han llevado a la crisis. ¿Por qué no se piden responsabilidades a este tipo de lenguaje que miente deliberadamente sobre la realidad?

Los políticos han empezado a ver el poder del lenguaje, ya no solo para pasar mensajes manipulados a la opinión pública, sino también para arreglar sus cuentas unos con otros. Es un acontecimiento inusual por su crudeza, tiene que ver con la naturaleza de la crisis y con los largos capítulos de ella que nos quedan por delante. Además lo hacen ante los medios de comunicación, de manera directa.

El lenguaje políticamente correcto

El lenguaje tiene un carácter neutro; es el uso lingüístico el que incide en el juego de la construcción y la corrección de la realidad mediante elecciones y descartes; eso es lo que pretende hacer el lenguaje políticamente correcto, que busca un discurso neutro.

Surgido en la década de los sesenta en EE. UU. en los debates sobre el enfrentamiento entre libertad de expresión e igualdad, el movimiento que lo impulsa propone una acción lingüística, cambiar la sociedad cambiando las palabras, dado que existe una proporcionalidad entre la influencia de la palabra y la posición de poder. Se trata de la cara amable del eufemismo, que busca la no discriminación, la integración de las minorías.

Sin embargo, el eufemismo social, que nació como un arma de lucha  contra la discriminación, recibe hoy las críticas de estar instrumentalizado por el poder, de haber perdido su valor al convertirse en un estándar, colaborar en la perversión del lenguaje, distorsionar y manipular la realidad y haberse convertido en la policía del pensamiento o en la nueva inquisición.

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