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vagina y vainilla

  06/05/2008
La vagina, ¿quién no sabe qué es la vagina? Y no me estoy refiriendo sólo a los médicos, que usan las palabras vaginal y vaginitis —o, en otros contextos, invaginación intestinal— como quien habla de habichuelas o garbanzos. Lo que pocos saben es que esta palabra latina, que el pasar de los siglos no ha modificado lo más mínimo designaba originalmente sólo la vaina de una espada, y su uso para referirse al órgano femenino situado entre la vulva y la matriz se inició no como tecnicismo médico, sino como taco o palabra obscena. Si los romanos llamaban gladius ('espada') al pene, ¿qué más lógico que llamar vagina a su funda natural? El sentido médico de vagina, que desconocieron los autores clásicos, únicamente comienza a verse con los anatomistas renacentistas, que hablan ya de vagina uteri ('vaina del útero').

El latín vagina se ha mantenido inalterado sólo en el lenguaje médico, siempre tan conservador, pues en el lenguaje vulgar se transformó en vaina. En las películas de caballeros medievales, piratas, espadachines o mosqueteros, por ejemplo, se pasan el tiempo envainando y desenvainando las espadas. Esta identidad de 'vagina' y 'vaina' puede parecer sorprendente a muchos hispanohablantes, pero es de lo más natural para quienes hablan alemán. En el idioma de Goethe o Schiller, efectivamente, la palabra Scheide significa 'vagina', pero también 'funda', 'estuche' o cualquier tipo de vaina, incluidas las vainas tendinosas o fibrosas. Tampoco distingue éstas de la vagina, por cierto, la nomenclatura anatómica internacional, que utiliza nombres latinos.

Y hay muchos más objetos parecidos a una vaina; es el caso de la vainica, labor de costura que se hace para sujetar los dobladillos. Por su parecido con las vainas de espada, se dio también el nombre de vainas a las cáscaras tiernas y largas en las que están contenidas las semillas de algunas legumbres, como las judías verdes —o frijoles; que en Perú y Venezuela llaman precisamente vainitas—, los garbanzos, los guisantes y las arvejas.

Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, encontraron allí multitud de frutos y plantas que desconocían, como e! tomate, la patata, la zarzaparrilla, el maíz, el guayaco, el cacao, el tabaco, la coca, el cacahuete, la guayaba o la piña. En Méjico descubrieron una planta orquidácea con frutos capsulares largos y estrechos, y muy olor de gran parecido con las vainas de las judías; tanto, que la llamaron vainilla. Las primeras noticias escritas las dejó el toledano Francisco Hernández en su Historia de plantas de Nueva España, resultado de la primera expedición científica a América (l 570-1577); en el apartado que titula Del tlilxóchítl o flor negra describe sus «vainas largas, angostas, casi cilíndricas». El españolísimo y coloquialísimo nombre de 'vainilla' pasó a casi todos los idiomas cultos, a veces directamente (vainiglia en italiano; bainilha en portugués), pero generalmente a través del latín botánico Vanilla planifolia (vanille en francés, holandés y alemán; vanilla en inglés; vanilje en noruego; vanilie en rumano; βανίλλια en griego moderno; vanilya en turco; wanilia en polaco; vanilka en checo; ванипь en ruso).

Lo más curioso del caso es que, cuando los químicos extranjeros han ido después aislando diversas sustancias químicas a partir de esta planta, los hispanohablantes, olvidando el origen español de su nombre, han adoptado con frecuencia la grafía incorrecta sin i. Así ha pasado con los tecnicismos vanillin (la forma correcta no es «vanilina», sino 'vainillina'), vanillism (no es «vanilismo», sino 'vainillismo'), homovanillic acid (no es «ácido homovanílico», sino 'ácido homovainíllico') y homovanillilmandelic acid (no es «ácido homovanililmandélico», sino 'ácido homovainillilmandélico').
Autor
  Fernando A. Navarro
 
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