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pene y penicilina

  09/04/2008
En todos los idiomas, antiguos y modernos, abundan los sinónimos y eufemismos para referirse a los órganos genitales. Los romanos, por supuesto, no tenían nada que envidiamos en este sentido, como demuestran las siguientes metáforas latinas aplicadas al miembro viril, prodigio de imaginación lingüística: cauda ('cola'), clava ('porra'), gladius ('espada'), radix ('raíz'), ramus ('rama') y vomer ('arado'). Por motivos obvios, una de las metáforas genitales más universales consiste en comparar el miembro viril con la cola de los animales; entre nosotros, por ejemplo, el eufemismo 'colita' es muy frecuente en el lenguaje infantil. Los romanos llamaban penis (del verbo pendere, 'colgar') a la cola de los cuadrúpedos, y emplearon también este término como eufemismo para referirse al falo. Curiosamente, esa metáfora popular de los romanos se ha convertido para nosotros en un cultismo que únicamente conserva ya su sentido anatómico de 'miembro viril': pene.

El diminutivo peniculus o penicillus ('colita') se aplicaba, asimismo en sentido metafórico, al pincel de los pintores, por su parecido innegable con la cola de los animales. Idéntico sentido ha mantenido hasta llegar al castellano pincel —a través del latín vulgar penicellus y, posiblemente, el francés medieval pincel o el catalán pinzell—, y también a otros idiomas europeos, como demuestran el alemán Pinsel ('pincel'), el inglés pencil ('lapicero') o el francés pinceau ('pincel').

En medicina, recurrimos también al penicillus latino para dar nombre a las estructuras anatómicas que poseen forma de pincel, como los penicilos o arterias peniciladas del bazo. De modo similar debieron de razonar los científicos del siglo XIX cuando decidieron llamar Penicillium a un género de hongos diminutos con conidióforos ramificados, en forma de finos pinceles. Se trata, por cierto, de unos hongos deliciosos, bien conocidos por los gastrónomos desde los tiempos más remotos. La especie Penicillium roqueforti, por ejemplo, es responsable del aroma y el sabor del roquefort, uno de los quesos más antiguos, citado ya por Plinio el Viejo, y queso favorito de Carlomagno. Gracias a otros miembros del mismo género —Penicillium crustaceum y Penicillium glaucum—, disfrutamos del cremoso camembert.

De amplia distribución en la naturaleza, estos hongos contaminan con frecuencia los medios de cultivo, para desesperación de los microbiólogos. Talle sucedió en 1928 a un bacteriólogo londinense llamado Alexander Fleming, quien, al ir a desechar una placa de agar contaminada por un hongo del género Penicillium, observó que esta contaminación accidental había inhibido el crecimiento de las colonias de Staphylococcus aureus. Tras cultivar el hongo, comprobó que el filtrado de los cultivos contenía una hipotética sustancia antibiótica a la que el 7 de marzo de 1929 dio por nombre penicillin. Purificada y ensayada clínicamente por Florey y Chain en 1941, la penicilina fue uno de los primeros antibióticos comercializados, y también uno de los más potentes, todavía ampliamente utilizado más de sesenta años después.

Hoy es difícil imaginar lo que supuso la penicilina hace medio siglo. Por primera vez en la historia, los médicos podían combatir con eficacia neumonías, meningitis, endocarditis y otras infecciones bacterianas mortales. Algo del ambientillo de la época se respira en las escenas de The third man, con guión de Graham Greene, que gira en torno al lucrativo negocio del tráfico de penicilina adulterada en la Viena de la posguerra. Buena ocasión, por cierto, para volver a ver la película de Carol Reed, las estupendas interpretaciones de Orson Welles y ]oseph Cotten, y volver a escuchar su inolvidable tema musical interpretado con cítara.
Autor
  Fernando A. Navarro
 
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